Poesía · En escritura
Habitar el remolino interior
Desde la dignidad a la libertad
Título y subtítulo provisionales
Félix Larriba Catalán
Habitar el remolino interior nace de la necesidad de poner la palabra al servicio de la experiencia. Un recorrido poético por la herida y la lucidez, las luces y las sombras, el dolor, la incertidumbre y el sentido, en el que escribir se convierte en una manera de adentrarse en el propio mundo, atravesar sus contradicciones y buscar una forma de libertad interior que no consista en escapar del remolino, sino en aprender a habitarlo.

Sobre este proyecto
Habitar el remolino interior surge de una necesidad que se hizo especialmente consciente en enero de 2026. Sentí que se me había estrechado el lenguaje y que necesitaba salir de mí para encontrar el medio de entrar: de encontrar y comulgar el pozo y el agua, las luces y las sombras, la herida y la lucidez; de encauzar el palpitar, el dolor y el sentido.
La poesía apareció entonces no como una voluntad de escribir mejor, sino como una forma de aproximarme con mayor fidelidad a aquello que estaba viviendo. En mi poesía pongo la palabra al servicio de la experiencia y le exijo al lenguaje que, en la medida de lo posible, no la traicione. Para mí, la experiencia está antes que la palabra. El poema llega después, intentando encontrar una forma capaz de contenerla, comprenderla y, a veces, trascenderla.
Quizá por eso no entiendo la escritura poética como un ejercicio de ornamentación ni como la búsqueda de una perfección formal separada de aquello que la originó. Paul Valéry escribió que «un poema nunca se termina, solo se abandona». Yo prefiero pensar que un poema se termina cuando ya no puede decir con mayor precisión la experiencia que lo hizo nacer.
Escribir se parece entonces a esculpir. Vuelvo sobre la palabra, retiro aquello que sobra, modifico lo que me aleja de la experiencia, hasta intentar dejar lo que es: lo que subjetivamente viví, incluso con sus imperfecciones. No busco embellecer retrospectivamente aquello que sentí, sino encontrar una forma que me permita reconocerlo sin falsearlo.
Buena parte de mis poemas nace de ese territorio interior en el que conviven fuerzas aparentemente contradictorias. La vulnerabilidad y la dignidad. La necesidad de pertenecer y la libertad. La herida y la lucidez. El deseo de comprender y la aceptación de que algunas preguntas permanecerán abiertas.
Vivo también dentro de una cultura que promete constantemente seguridad: económica, emocional, intelectual e incluso identitaria. Pero mi experiencia de la vida es bastante menos ordenada. Está hecha también de pérdidas, contradicciones, errores, cambios de rumbo, emociones intensas y preguntas que rara vez encuentran una respuesta definitiva.
Y, sin embargo, he ido descubriendo otra posibilidad: aprender a convivir con la incertidumbre sin desesperarme por ella.
Me inspiran especialmente las personas capaces de atravesar contradicciones sin quedar paralizadas por ellas; quienes conservan la curiosidad, el humor o la capacidad de seguir interrogando la existencia no porque hayan encontrado todas las respuestas, sino porque han aprendido a habitar las preguntas.
Esa posibilidad tiene para mí una relación profunda con la dignidad y con la libertad interior. No entiendo una vida digna como la conquista de una perfección imaginaria ni como la construcción de una imagen impecable de uno mismo. También encuentro dignidad en aceptar la propia vulnerabilidad, mirar aquello que preferiríamos evitar y atravesar el juicio ajeno sin permitir que se convierta en el centro de nuestra existencia.
Esa libertad exige para mí un viaje hacia el interior. No para encerrarme en mí mismo, sino para distinguir aquello que verdaderamente me pertenece de las ideas, identidades y certezas que he ido recibiendo. Quizá llega un momento en que la necesidad de parecer algo comienza a perder importancia frente al interés por ser algo.
La poesía forma parte de ese viaje.
Cuando escribo no pretendo resolver el conflicto ni eliminar la complejidad. Intento atravesarla y darle una forma. Algo puede comenzar siendo emoción, desconcierto, pérdida o herida y, después de ser observado, vivido y trabajado mediante la palabra, adquirir para mí un significado diferente. No porque lo sucedido cambie, sino porque puede cambiar mi relación con ello.
De ahí nace el remolino que da sentido al título. Cada vez siento más que la madurez quizá no consista en conseguir que desaparezcan las fuerzas que me agitan, sino en dejar de dedicar toda mi energía a escapar de ellas. Atravesar el remolino sin negar su fuerza, soportar la incertidumbre sin huir inmediatamente de ella y descubrir que es posible salir de algunas de esas experiencias con menos angustia y mayor claridad.
No porque el caos haya desaparecido.
Sino porque he aprendido que puedo habitarlo sin sucumbir a su vorágine.
Del libro
Serie en Ideas
Poemas escritos por otros que han participado en mi educación sensible y afectiva. La reflexión es mía; los poemas, de sus autores.